MEDEROS PASó POR SANTA ROSA
La medicina justa para olvidarse del mundo
El maestro se presentó el viernes pasado en el Teatro Español ante una sala repleta que vio, a cambio de un libro, un concierto tan magistral como emotivo para los amantes del género.
Texto: JMS
Hay momentos y momentos para disfrutar de las cosas. O estados de ánimo. O nostalgias. O lo que fuere. Cada cual, en su mundo, es capaz de absorber la oportunidad que tiene delante de sus narices y sacarle provecho.
El viernes pasado, en el Teatro Español de Santa Rosa, hubo momentos cargados de magia, como si dentro de esa sala maravillosa volaran duendes complacientes a las realidades de los pampeanos. El sólo hecho de sentarse en una butaca después de haber entregado un libro para la biblioteca del barrio Escondido, fue un bautismo sagrado, el preámbulo necesario para esperar por un do a fuelle abierto.
Rodolfo Mederos llegó con su trÃo, completado con Sergio Rivas en el contrabajo (construido por el Negro Carrasco) y Armando De la Vega en guitarra. Presentó “De tanto en tangoâ€, un concierto que no tenÃa nada de especial ni de particular, pero sà que servÃa para repasar grandes clásicos del 2×4. Y, francamente, el envÃo musical fue tan dulce y delicioso que contrastó notoriamente con la imagen de ogro que pesa sobre el propio Mederos.
En la historia de Mederos hay rock, vanguardia, experimentos, desafÃos. Se llegó a decir que su historia junto a Ãstor Piazzolla terminó de confirmarlo como un músico cargado de inquietudes y dispuesto a darle una vuelta de tuerca más al tango. Pero en la intimidad -aún hoy- es capaz de confesar, acaso de modo contradictorio: “Para mà la vanguardia está en el regreso a las raÃces y no en seguir creyendo que inventamos algoâ€.
Esa raÃz de la que habla con propiedad es la que regaló en Santa Rosa con versiones que silenciaron hasta los mosquitos.
Habló con la gente. La pasó bien y recordó que comenzó a tocar a los 5 años “de manera salvaje†por un amigo. HacÃa “música de patioâ€, que también ofreció en ese viernes inolvidable. Sonaron, entonces, “Palomita blanca†(Aieta) y “Merceditas†(DÃaz), en una variación de tonalidades y tempos. En ambos casos fue ovacionado.
Pero hubo momentos, de esos de los que se habla. El primero, tal vez en el pico máximo de feeling entre el ejecutante y sus receptores, se produjo cuando interpretó “Surâ€. El sonido del bandoneón teletransportó por cuatro minutos a cualquiera de los habitantes del viaje hacia las calles y paredones de Buenos Aires, Pompeya, San Juan y Boedo, San Telmo, los taxis, los cafés, los colectivos… Buenos Aires es el tango y el tango es Buenos Aires (verdad de perogrullo si las hay). Y Pichuco Troilo resucitó entre el público como un fan capaz de aplaudir semejante versión.
Cuando Mederos, sentado en el centro del escenario, comezó con “La Metralla†(Manuel Campoamor), se produjo un click. En complicidad con sus músicos, jugó e introdujo un arreglo tan sutil como el de “El anfitrión†(Scott Joplin), de la pelÃcula “El Golpeâ€, que funcionó como rebelde sin causa para embellecer la pieza.
Armando De la Vega tuvo sus cinco minutos de fama en el solo de guitarra con “El dÃa que me quieras†(Gardel y Le Pera), acaso por instantes con excesivos arreglos sobre un tema que habla por el peso propio de su historia tal y cómo fue concebido.
Mederos, tan sobrio en su propuesta, como inmaculado en la ejecución del instrumento, eligió a Ãngel Villoldo para el cierre con “El Choclo†y “El Porteñitoâ€. Regó de emoción la sala cuando, en su regreso, homenajeó a su amigo Ãstor Piazzolla con una estupenda versión de “Adiós Nonino†y se despidió con bombos y platillos con “Milonga de mis amores†(Laurenz - Contursi).
La ovación de pie de cinco minutos fue el premio para un Mederos enorme que se llenó el pecho de placer por haber sido, al menos por casi un par de horas, un doctor capaz de ofrecer la medicina del placer intenso. Esa que tiene la propiedad de actuar omitiendo recetas.
La medicina justa para olvidarse del mundo
El maestro se presentó el viernes pasado en el Teatro Español ante una sala repleta que vio, a cambio de un libro, un concierto tan magistral como emotivo para los amantes del género.
Foto: Miguel Moreira
Texto: JMS
Hay momentos y momentos para disfrutar de las cosas. O estados de ánimo. O nostalgias. O lo que fuere. Cada cual, en su mundo, es capaz de absorber la oportunidad que tiene delante de sus narices y sacarle provecho.
El viernes pasado, en el Teatro Español de Santa Rosa, hubo momentos cargados de magia, como si dentro de esa sala maravillosa volaran duendes complacientes a las realidades de los pampeanos. El sólo hecho de sentarse en una butaca después de haber entregado un libro para la biblioteca del barrio Escondido, fue un bautismo sagrado, el preámbulo necesario para esperar por un do a fuelle abierto.
Rodolfo Mederos llegó con su trÃo, completado con Sergio Rivas en el contrabajo (construido por el Negro Carrasco) y Armando De la Vega en guitarra. Presentó “De tanto en tangoâ€, un concierto que no tenÃa nada de especial ni de particular, pero sà que servÃa para repasar grandes clásicos del 2×4. Y, francamente, el envÃo musical fue tan dulce y delicioso que contrastó notoriamente con la imagen de ogro que pesa sobre el propio Mederos.
En la historia de Mederos hay rock, vanguardia, experimentos, desafÃos. Se llegó a decir que su historia junto a Ãstor Piazzolla terminó de confirmarlo como un músico cargado de inquietudes y dispuesto a darle una vuelta de tuerca más al tango. Pero en la intimidad -aún hoy- es capaz de confesar, acaso de modo contradictorio: “Para mà la vanguardia está en el regreso a las raÃces y no en seguir creyendo que inventamos algoâ€.
Esa raÃz de la que habla con propiedad es la que regaló en Santa Rosa con versiones que silenciaron hasta los mosquitos.
Habló con la gente. La pasó bien y recordó que comenzó a tocar a los 5 años “de manera salvaje†por un amigo. HacÃa “música de patioâ€, que también ofreció en ese viernes inolvidable. Sonaron, entonces, “Palomita blanca†(Aieta) y “Merceditas†(DÃaz), en una variación de tonalidades y tempos. En ambos casos fue ovacionado.
Pero hubo momentos, de esos de los que se habla. El primero, tal vez en el pico máximo de feeling entre el ejecutante y sus receptores, se produjo cuando interpretó “Surâ€. El sonido del bandoneón teletransportó por cuatro minutos a cualquiera de los habitantes del viaje hacia las calles y paredones de Buenos Aires, Pompeya, San Juan y Boedo, San Telmo, los taxis, los cafés, los colectivos… Buenos Aires es el tango y el tango es Buenos Aires (verdad de perogrullo si las hay). Y Pichuco Troilo resucitó entre el público como un fan capaz de aplaudir semejante versión.
Cuando Mederos, sentado en el centro del escenario, comezó con “La Metralla†(Manuel Campoamor), se produjo un click. En complicidad con sus músicos, jugó e introdujo un arreglo tan sutil como el de “El anfitrión†(Scott Joplin), de la pelÃcula “El Golpeâ€, que funcionó como rebelde sin causa para embellecer la pieza.
Armando De la Vega tuvo sus cinco minutos de fama en el solo de guitarra con “El dÃa que me quieras†(Gardel y Le Pera), acaso por instantes con excesivos arreglos sobre un tema que habla por el peso propio de su historia tal y cómo fue concebido.
Mederos, tan sobrio en su propuesta, como inmaculado en la ejecución del instrumento, eligió a Ãngel Villoldo para el cierre con “El Choclo†y “El Porteñitoâ€. Regó de emoción la sala cuando, en su regreso, homenajeó a su amigo Ãstor Piazzolla con una estupenda versión de “Adiós Nonino†y se despidió con bombos y platillos con “Milonga de mis amores†(Laurenz - Contursi).
La ovación de pie de cinco minutos fue el premio para un Mederos enorme que se llenó el pecho de placer por haber sido, al menos por casi un par de horas, un doctor capaz de ofrecer la medicina del placer intenso. Esa que tiene la propiedad de actuar omitiendo recetas.